1 La decostucción

todos ellos presentes en Deconstruction and Criticism[v] M. Asensi sostiene, y desarrolla, la siguiente tesis: "Nuestra tesis de partida es que las relaciones entre la deconstrucción y la teoría literaria sólo pueden plantearse en términos de conflicto, paradoja y límite (en el sentido etimológico de estas palabras)." [vi] Más avanzado su artículo, pregunta y responde: "¿Por qué la relación entre la deconstrucción y la teoría literaria sólo puede plantearse en términos de conflicto, paradoja y límite? No es difícil comprender que la teoría literaria contemporánea recibe sus bases de reflexión de una tradición occidental que se remonta a Aristóteles y Platón (entendiendo estos dos nombres en el sentido de unos corpora forjados, por toda una tradición histórica). Al decir (bases de reflexión) queremos significar que en el corpus aristotélico y platónico están puestos los caminos y las directrices -el marco general- que las poéticas y la crítica y teoría literarias posteriores han seguido. En ningún caso nos referimos (lo que sería una ingenuidad) a una supuesta inamovilidad de la teoría literaria desde Aristóteles y Platón."[vii] Efectivamente, la deconstrucción es incompatible con la Teoría y Crítica Literarias, cuyos contenidos no son opacos. Uno de los principios más consolidados en la deconstrucción se refiere a que su producción metadiscursiva ha de ser opaca por necesidad. Para poder tener una idea cabal de lo que puede ser la deconstrucción es requisito indispensable deconstruir el antimema en que se apoya. El tópico en lo que a la inexpugnabilidad de la gongorina escritura de J. Derrida se refiere se ha convertido en dogma, que expresa como sigue Cristina de Peretti: "La lectura tranquila, sosegada y -cabría incluso añadir -descomprometida de una obra ya convertida de una vez por todas en testamento resulta, por fortuna, imposible en el caso de Derrida. Ni ahora ni dentro de cien años se dejarán sus escritos apresar bajo la forma acabada del corpus, del libro: jamás constituirán éstos una totalidad cerrada avalada por la identidad de un sentido, de una querer-decir definitivo e inmutable y por la identidad del nombre propio del autor.".[viii] Este querer-decir, que dicho sea de paso se inclina hacia el sectarismo escandaloso, es de hecho un saber-decir, pues los contenidos del metadiscurso derridiano es asimilable y transmisible objetivamente, como expone Cristina de Perretti: "Derrida se propone, ante todo, mostrar la imposibilidad, el error radical que supone toda voluntad ideal de sistema; rechaza cualquier tipo de centralidad, de fijeza. A la puntualidad y continuidad del tema, a la coagulación del concepto, opone Derrida el juego diseminado del texto. Entre los térmicos jérguicos que utiliza Derrida, está el haz, que no es otra cosa que la distinción claramente establecida por Gadamer con su sistema de preguntas, esto es el inevitable diálogo entre el pasado y el presente.: "El haz ... es un foco de cruce histórico y sistemático: es sobre todo la imposibilidad estructural de cerrar esta red, de interrumpir su tejido, de trazar en él una marca que no sea nueva marca." [ix] El mismo J. Derrida confirma en el "Prólogo", insinuativamente subtitulado "...Una de las virtudes más recientes...", la idoneidad del análisis de Cristina de Peretti: "El tema y la lógica de este libro es precisamente lo que, bajo los nombres de huella, de archi-escritura, de différance, de fármaco, de suplemento, de deconstrucción, etc., excede estructuralmente la presencia o la presentación, la fenomenalidad, la tesis (posición, exposición), el tema y el sistema. Era, por consiguiente, preciso pensar una necesidad, una forma de coherencia que satisficiera esta no-sistematicidad sin caer en el desorden o en la empiricidad. No sólo era preciso pensar esta necesidad dentro de una retórica, incluso dentro de una pedagogía, en cualquier caso dentro de una lengua que claramente pudiera convencer al lector sin traicionar aquello mismo que queda por pensar. Era preciso negociar con las reglas de la lógica filosófica más exigente la presentación de lo que sin duda ya no pertenece simplemente a la filosofía. Cristina de Peretti supera con creces esta dificultad."[x] Pese al prestigio estratégico del no querer-decir, la escritura de J. Derrida admite una lectura escrupulosamente objetiva, veraz, no equívoca; por eso, Cristina de Perette afirma sin rubor alguno que su estudio sobre J. Derrida tiene como objetivo intelectual desmentir las "interpretaciones erróneas", "saliendo al paso de las simplificaciones y de las interpretaciones erróneas que se han hecho de ella".[xi] Verdad objetivable que por la inercia de la circularidad del juego estratégico: apariencia (querer-decir, incoherencia).... verdad (saber-decir, coherencia) vuelve inevitablemente a la aparente apariencia de un vano intento de no querer decir diciendo,: "La presente exposición ni pretende en modo alguno encontrar un sentido definitivo y fundamental del texto derridiano ni deducir de él una ley capaz de convertirlo en un sistema cerrado de pensamiento, en un simulacro de Verdad cuyo origen y finalidad han de ser reconstituidos y desvelados. Un intento tal no haría más que distorsionar, deformar y empobrecer la riqueza del pensamiento derridiano, el juego proliferante e indecidible de su discurso, la extraña e inquietante estrategia de su texto."[xii]. La circularidad apariencia-verdad del discurso derridiano fue un modelo ampliamente utilizado por Protágoras; según Aristóteles: "También en la retórica se da un entimema aparente cuando no hay probabilidad en sentido absoluto, sino relativo a algo. En esto consiste el hacer del más débil argumento el más fuerte."[xiii] Gorgias, como los deconstruccionistas valoraba más lo verosímil que lo verdadero: "¿Y a Tisias y a Gorgias, los dejaremos dormir, a ellos que descubrieron que se ha de valorar más lo verosímil que lo verdadero, y que con la fuerza de su palabra hacen aparecer grande lo que es pequeño y pequeño lo que es grande, y nuevo lo antiguo y antiguo lo nuevo, y que sobre cualquier tema inventaron tanto el estilo conciso como el estilo de los discursos interminables?"[xiv] El diálogo Derrida-Perette es un claro ejemplo de antimena. Del análisis deconstruccionista realizado se deduce:

            a) Que los deconstruccionistas conceden un significado objetivable a sus lecturas y escritos, que les permite, como a todo investigador, discernir las lecturas y escrituras correctas de las inadecuadas, y en consecuencia la tesis de que toda lectura es una mala lectura ha de verse como un intento sofista de engrandecer la tesis débil (toda lectura es una mala lectura) y ensalzar la apariencia (el lenguaje deconstructor).

            b) Que la escritura deconstruccionista era incoherente hasta la aparición del libro de Cristina de Peretti: "era ... preciso pensar ... una forma de coherencia".[xv]

            La deconstrucción es jerga. Así enmascara la intertextualidad deconstruccionista De Peretti. "La noción habitual de huella supone la idea de un original al que se refiere, del que es huella y que es hallado en la percepción. El rasgo singular de la huella derridana es precisamente la imposibilidad de encontrar originales en su presencia inmediata: no habría huella sino originales; en otras palabras el ser del original pasa a ser huella. Lo único que sostiene su posturas es el ataque a la tradición. La imposibilidad de toda referencia originaria es una necesidad dictada por la estructura misma de la archi-huella o archi-escritura. Cada huella es la huella de una huella y así hasta el infinito. No hay huella originaria. El concepto de origen, de archia, está de este modo sometido a la operación de la tachadura. Y esta designa la relación de la metáfora a un origen imposible como presencia y ya, por lo tanto, metafórica. La metáfora juega aquí sin fondo su irreductibilidad a la presencia en un juego sin posibilidad de referencia como "metáfora de ..." La tachadura significa, pues, la pertenencia a otra historia, a otro juego, a un texto o escritura general(archi-escritura) que somete los conceptos clásicos a la operación de la tachadura. Como consecuencia: "Resulta imposible describir la huella con ayuda de un concepto perteneciente al pensamiento tradicional. La huella derridiana no es: no es nada y no puede encasillarse en la pregunta metafísica "¿qué es?". La huella, sencilla o complejamente, es la huella de la huella, la huella del borrarse de la huella." El patriarca dice: "El modo de inscripción de semejante huella en el texto metafísico es tan impensable que es preciso describirlo como un borrarse de la huella misma. La huella se produce en él como su propio borrarse. Es propio de la huella borrarse a sí misma, substraerse ella misma lo que podrá mantenerla en la presencia. La huella no es ni perceptible ni imperceptible."[xvi] "La huella no puede definirse, pues, ni en términos de presencia ni de ausencia. Es precisamente lo que excede a esta operación tradicional, lo que excede al ser como presencia, lo que se opone al logos presente y al concepto de origen. La huella no es sino el simulacro de una presencia que se disloca, se desplaza y remite a otra huella, a otro simulacro de presencia que, a su vez, se disloca, etc."[xvii]

            La deconstrucción es un juego y estrategia eminentemente violentos: "La deconstrucción choca, lucha con, turba, inquieta a la teoría literaria que, de ese modo, se mueve paradójicamente en un umbral," dice M. Asensi.[xviii] Es la de la deconstrucción una agresividad heredada; en Fedro dice Sócrastes que Protágoras: "Era hábil en incitar a la multitud a la ira y, una vez incitada, en aplacarla inmediatamente de un modo mágico, según el decía; y en levantar calumnias y en propagarlas."[xix] Un sucinto muestreo del metadiscurso deconstruccionista arroja un balance muy positivo en lo que afecta a "incitar a la ira", a la presencia en él del improperio y las desvaloraciones críticas de la obra de todo aquel que es ajeno a su método. Sostiene J. Derrida que: "El porvenir sólo puede anticiparse bajo la forma del peligro absoluto. Es lo que rompe absolutamente con la normalidad constituida y, por lo tanto, sólo puede anunciarse, presentarse bajo el aspecto de la monstruosidad." [xx] Para Cristina de Peretti, para conseguir estos objetivos: "Es preciso que la estrategia se desdoble, que realice un gesto doble que si bien, por una parte, implica el rechazo violento de los valores metafísicos tradicionales -violencia que no es sino la réplica insoslayable de la violencia metafísica que siempre ha intentado disimular-, por otra parte, procede a una lectura atenta y vigilante del pensamiento occidental." [xxi] Un ejemplo de como ha de ejercerse esa violenta vigilancia lo ofrece Ch. Norris: "Deconstruction can be seen in part as a vigilant reaction against this tendency in structuralist thought to tame and domesticate its own best insight. Some of Jacques Derrida's most powerful essays are devoted to the task of dismantling a concept of structure thar serves to immobilize the play of meaning in a text and reduce it to a manegeable compass."[xxii] Las violentas amenazas han sido fundamentalmente dirigidas hacia el pensamiento "tradicional", como sostiene J.M. Ellis: "Deconstructive discourse, in criticism, in philosophy, or in poetry itself, undermines the referential status of the language being deconstructed."[xxiii] Así se expresa Ch. Norris: "Deconstructive is the active antithesis of everything that criticism ought to be one accepts its traditional values and concepts."[xxiv]

            La deconstrucción es una atribución indebida. Dice M. Asensi: "Sabemos que J.Derrida no es ni un teórico literario ni un filósofo en el sentido estricto y que, al mismo tiempo, habla de y usa la literatura y la filosofía."[xxv] Si no es un profesional de la escritura, cómo pueden admitirse sus novedades: "J. Derrida propuso además una práctica novedosa de la interpretación, que de un modo u otro afecta directamente a la crítica literaria. Muestra como el texto está interrelacionado y a pesar de que no podemos rehuir dicho sistema podemos por lo menos identificar las condiciones de pensamiento. La deconstrucción niega "la licitud de atribuir un significado universal y objetivable a los textos analizados."[xxvi] Es, en mi opinión, un verdadero enigma el hueco que se ha sabido hacer en la teoría de la literatura una persona que "no es un teórico de la literatura". Lo cierto es que en el programa de J. Derrida parte de una disyunción absoluta entre el pensamiento occidental y la deconstrucción: "Hay, pues, dos interpretaciones de la interpretación, de la estructura, del signo y del juego. Una pretende descifrar, sueña con descifrar una verdad o un origen que se substraigan al juego y al orden del signo, y que vive como un exilio la necesidad de la interpretación. La otra, que no está ya vuelta hacia el origen, afirma el juego e intenta pasar más allá del hombre y del humanismo, dado que el nombre del hombre es el nombre de ese ser que, a través de la historia de la metafísica o de la onto-logía, es decir del conjunto de su historia, ha soñado con la presencia plena, el fundamento tranquilizador, el origen y el final del juego. Esta segunda interpretación de la interpretación, cuyo camino nos ha señalado Nietzsche, no busca en la etnografía ... la inspiración de un nuevo humanismo." [xxvii] Entre los conceptos que produce el nuevo humanismo de J. Derrida es el de logofonocentrismo, que expresa Cristina de Peretti como sigue: "El sentido y la racionalidad del discurso instituido, la búsqueda obstinada y estéril de un fundamento inconmovible e inmutable, la búsqueda de la identidad y de la homogeneidad traducen unos mitos que Derrida tipifica como logocentrismo del discurso tradicional y que se presentan como estrechamente solidarios de la gran ficción que constituye, a su vez, la historia de la metafísica de la presencia. Búsqueda, en última instancia, de la familiaridad y rechazo del riesgo." [xxviii] Con el logocentrismo se expresa la inexistencia de centro. Ahora bien, el que la deconstrucción pretenda crear una metafísica descentrada, incoherente, no implica que el texto literario carezca de un triángulo isotópico, porque en el texto literario no impera la polaridad, sino la triangulación, como expone J.Hillis Miller: "La relación es un triángulo, no una oposición polar. Hay siempre un tercero con quien se relacionan.".[xxix]

            J. Derrida llega al concepto de logofonocentrismo insistiendo que la metafísica privilegió los conceptos de tiempo y palabra. El concepto de tiempo privilegiado por la metafísica tiene como unidad relacionar el ahora o instante del presente, desde donde se establece una relación con el pasado y con el futuro. De este concepto lineal del tiempo provienen tanto la oposición originario/derivado como una concepción ontoteológica de la historia en la que se potencia el concepto de origen pleno. En lo que a la literatura se refiere, una cosa es el tiempo sin límites ni espacio de la referencialidad, y otra muy distinta el tiempo enunciativo, que inevitablemente está fundido con el espacio. En lo que se refiere al mundo de corpus literario hemos visto que está fraccionado, que es polifónico y cíclico: lo serio lleva a lo burlesco, y lo burlesco, por medio de la moralización satírica, conduce a lo ritual.

            Según J. Derrida, en el pensamiento tradicional la voz está inefablemente relacionada con el pensamiento. La voz tiene valor de centralidad en la tradición. Y una relación de presencia con respecto al pensamiento. "De ahí que la civilización occidental privilegie, frente a la escritura que sólo es un instrumento secundario y representativo, el habla plena que dice un sentido que ya está ahí, presente en el logos."[xxx] Este rechazo de la escritura se inscribe en el amplio contexto de una lógica del discurso que marca todos los conceptos operativos de la metafísica tradicional, estableciendo a partir de la oposición realidad/signo todo un sistema jerarquizado de oposiciones que el pensamiento occidental ha asumido y utilizado desde siempre: presencia/ausencia, inteligible/sensible, dentro/fuera, y entre otros muchos, por supuesto, significado/significante, logos (pensamiento y habla)/escritura (representación del pensamiento y del habla). En esta cadena jerarquizada, el primer término, el término superior, pertenece a la presencia y al logos mientras que el segundo denota invariablemente una caída, una pérdida de presencia y de racionalidad. "El privilegio de la presencia como conciencia que se establece por medio de la voz y el detrimento de la escritura es a lo que Derrida llama logofonocentrismo, que se transforma en un querer-oírse-hablar. La escritura en un querer-oírse-escribir. El sistema del oírse-hablar sirve de modelo de presencia y revela la solidaridad del logocentrismo, del fonocentrismo y de la metafísica de la presencia. La engañosa ilusión del logos es que decir y el querer-decir coinciden, que su relación originaria y esencial con la voz no se rompe nunca. Solidario así mismo de la inclinación metafísica a determinar el ser del ente como presencia el logocentrismo como operación de la filosofía hacia un orden del significado (Pensamiento, Verdad, Razón Lógica, Mundo) concebido como fundamento que existe por sí mismo es, en resumidas cuentas idealismo. Idealismo que favorece el contenido eidético, la idea, el sentido o significado; que potencia la presencia de idealidades, de formaciones de sentido cuya posibilidad está constituida por la repetibilidad entendida como poder de reiterar el mismo sentido. Lo cual implica alcanzar el principio de identidad (fundamental para la plenitud de la presencia en sí, de la conciencia misma."[xxxi]

            J. Derrida no expresa que el pensamiento tradicional se caracteriza por ser eminentemente polifónico. Como prueba de esta polifonía basta contrastar el mundo de Heráclito, Protágoras y Gorgias con el de Parménides, Platón o Aristóteles: en uno impera el caos; en el otro, el orden. El sistema caos-orden está más allá del criterio de autoridad. Es un sistema polifónico en el tiene cabida el discurso instituido y el discurso subversivo. J. Derrida afirma que el camino de esta segunda interpretación ha sido señalado por Nietzsche."[xxxii] La obra de Nietzsche no es sino un momento del paradigma caos/orden antes señalado. Indica José Barrio Gutiérrez que la obra del sofista Trasímaco, contemporáneo de Gorgias, presenta claras analogías con la de Nietzsche: "Sostuvo el derecho del más fuerte; justo es lo que conviene al fuerte, injusto lo que le perjudica. El único derecho del débil es someterse al fuerte. La ley es un instrumento creado por los legisladores para domeñar a los hombres; los dioses son creación humana cuya finalidad es la sumisión de los ciudadanos a los legisladores. En el mejor de los casos podrían existir, pero desde luego no se ocupan para nada de los hombres."[xxxiii] Casi me atrevería a decir que toda la base filosófica de la deconstrucción la proporcionan Heráclito, Protágoras y Gorgias, sus obras son las huellas que J. Derrida parafrasea.

            La autonomía de la palabra escrita es uno de los rasgos constitutivos de la literatura: "Escribir es producir una marca que constituye, a su vez, una especie de mecanismo productivo, al que mi ausencia, en principio, no impedirá funcionar y provocar lectura, entregarse a la lectura y a la reescritura ... Para que la escritura sea escritura ha de seguir "actuando" y siendo legible, aun cuando el que llamamos autor de la escritura esté provisionalmente ausente o no haya dejado de mantener lo que ha escrito, lo que ha firmado ... La situación del escritor o suscriptor es, con respecto a la escritura, fundamentalmente la misma que la del lector. Ese desplazamiento esencial, que es propio de la escritura como estructura de repetición, estructura desconectada de cualquier clase de responsabilidad o de la conciencia como autoridad última, huérfana y separada desde el nacimiento del apoyo del padre, es, de hecho, lo que Platón condenó en el Fedro. La presentación física de un texto le atribuye una estabilidad que lo separa del circuito ordinario de la comunicación en que se produce el habla."[xxxiv] La escritura entraña una différance, que como se sabe Derrida escribe con a para realzar la diferencia perceptible sólo dentro del lenguaje escrito y para subrayar la relación entre diferir ( "postergar") y diferenciar. La palabra escrita es un objeto por derecho propio: diferente de los significados a los que difiere en un juego de diferencias. No creo vano insistir en que escribimos porque escuchamos, las palabras dichas preexisten a toda escritura.

            En el logofonocentrismo, la interpretación consiste en volver presente lo que está ausente, en restaurar una presencia original que es la fuente y la verdad de la forma en cuestión. De modo, que la tentación es a tratar un texto como si fuera hablado y a intentar avanzar por entre las palabras para recuperar el significado que estaba presente en la mente del hablante en el momento de la pronunciación, para determinar lo que estaba pensando el hablante. (Platón afirma que es imposible saberlo).

            El logofonocentrismo conduce al fármaco y el fármaco a la muerte: "El fármaco introduce y da cobijo a la muerte... Transforma el orden en desorden, el cosmos en cosmético. La muerte, la máscara, los afeites son la fiesta que subvierte el orden de la polis, tal como debería ser regulada por el dialéctico y por la ciencia del ser....[xxxv]

            La escritura no es un suplemento del habla. Es algo que reproduce una presencia real o imaginaria. El lenguaje gestual no permite comunicar las pasiones y las necesidades morales. El lenguaje es la expresión del sentimiento. La escritura es un suplemento. Se presenta como algo externo, añadido a algo completo por sí mismo, pero al mismo tiempo, y a pesar de ser algo extraño a la naturaleza de aquello a lo que se añade, le es esencial en tanto que compensa una carencia originaria de aquello que, en principio era completo por sí mismo. "Pues el concepto de suplemento -que aquí determina al de imagen representativa- alberga en sí mismo dos significados cuya cohabitación tan extraña como necesaria. El suplemento se añade, es un excedente, una plenitud que enriquece otra plenitud, el colmo de la presencia. Acapara y acumula la presencia... Esta especie de suplementaridad determina en cierto modo todas las oposiciones conceptuales en las que Rousseau inscribe la noción de naturaleza en tanto que ésta debería bastarse a sí misma... El signo es siempre el suplemento de la cosa misma.[xxxvi].

            No fue desde luego J. Derrida el primero en negar el origen. Gorgias mucho antes sostuvo que: a) el ser no existe; b) que si existiera el ser sería incognoscible; y c) que si existiera y fuese cognoscible sería incomunicable. Como puede observarse, en la deconstrucción habita el pensamiento "tradicional". Es más, creo que un estudio comparativo entre la obra de J. Derrida y la de los sofistas griegos permitiría enumerar sorprendentes coincidencias.

            El rasgo característico del desarrollo del pensamiento tradicional es que éste evolucionó al amparo de deudas mutuas, al cobijo del diálogo y la pregunta. Lo mismo sucede con la deconstrucción. El pensamiento de J. Derrida depende del de otros pensadores. El lenguaje de Derrida puede ser violento, provocador, ahora bien, ello no implica que su pensamiento sea absolutamente original. Manuel Asensi ha fahecientemente demostrado que la gramatología derridiana es una intertextualidad extrema: "No sería un gran desacierto afirmar que la deconstrucción es una intertextualidad radicalizada,"[xxxvii] J.M. Ellis ha expresado que el análisis sobre el fonocentrismo se basa en una infundada presunción: "Derrida's account of the Western tradition-specifically, of its ethnocentrism and Saussure's participating in the ethnocentrism-reverses the historical situation and constitutes a major misunderstanding."[xxxviii] Por último, el profesor Antonio García Berrio sostiene que el concepto de archi-escritura, que Derrida jamás pudo justificar, no es sino "la peculiar construcción de la espacialidad antropológica."[xxxix] a la que ya me he referido. Si a esto se añade que un concepto para Derrida tan básico como la diferencia procede de Nietzsche y Freud, [xl] difícilmente se le puede conceder una originalidad absoluta a su pensamiento. No ha de olvidarse que su primera publicación fue la traducción de una obra de Husserl: L'origine de la géometrie.[xli]

            Es un rasgo característico del investigador "tradicional" el dar testimonio de las fuentes que utiliza. Frente a lo que es norma inquebrantable en el mundo universitario, propone J. Derrida la necesidad de ocultar las fuentes, las influencias: "De lo que los historiadores denominarían quizá las influencias, nosotros no remontaremos el curso hacia las "influencias" ocultas, hacia los orígenes próximos o indirectos, presumibles o verdaderos de una "obra" o incluso de un pensamiento cuya ficha podría ser manipulada de este modo... Las fuentes se multiplican al infinito, pero como otras tantas fuentes de errores y de potencias de falsificación. Como historiadores positivos que somos, no haremos el recuento de todo aquello que, desde fuera, haya podido confluir en el texto."[xlii]

            Ha sido indudablemente mucha la energía perdida en querellas extracientíficas y muy poco el fuego invertido en delimitar el campo de acción de la deconstrucción. La deconstrucción carece de objeto de estudio, por eso, astutamente se recurre a lo que pudiera llamarse afirmación negativa ambigua, negación afirmativa para atribuírsele un aura que según Derrida lo es todo (pensamiento tradicional) y no es nada (la deconstrucción). En este sentido tienen total vigencia denominar parasitaria a la deconstrucción, como ha hecho W. Booth, dado que es una corriente que no crea conocimientos, sino que se sitúa en el marco de la producción ajena para deconstruirla. Este parasitismo lo explicita Cristina de Paretti en estos términos: "Es preciso señalar que la deconstrucción no significa en modo alguno mera aniquilación o sustitución con vistas a una nueva restitución. La deconstrucción se opone a la simplicidad de una operación semejante. No excede el pensamiento occidental, la metafísica tradicional, situándose más allá del mismo, sino que se mantiene constantemente en un equilibrio inestable entre lo que lo constituye y lo excede, trabajando en su margen mismo a fin de lograr un pensamiento que no descanse nunca en el tranquilo sosiego de lo que le es familiar." [xliii]

            Como se sabe, J. Hillis Miller sometió a la estrategia de la deconstrucción el aserto de W. Booth. Estrategia que Ch. Norris considera como un magno ejemplo del quehacer deconstructivo: "Miller presents his own self-defence in an essay that cunningly deconstucts the oppositional semantics of the words 'host'and 'parasite'... He traces a mazy rout through the twin etymologies, showing how their meanings cross and redouble until both seem to partake of an ambivalent, almost symbiotic relationship where the 'host'(text) is at least as parasitic as the 'parasite'(critic)..[xliv]Vale la pena detenerse en esta polémica porque, como se verá, arrojará luz sobre falta de creatividad de la deconstrucción. En primer lugar, el comentario de Ch. Norris tergiversa estratégicamente los hechos: la oposición no es huésped (texto)/parásito (crítico), sino huésped (texto)/parásito (deconstrucción). Y Miller no sólo no adelanta pruebas que acrediten el no parasitismo de la deconstrucción, sino que sutilmente tergiversa también los hechos, dado que confunde parasitismo con comensalismo. Todos los sentidos de parasite del Webster's Third New International Dictionary se condensan en: "PARASITE applies to one that as a matter of policy is supported more or less by another and gives nothing in return." Efectivamente, el pensamiento tradicional le ha ofrecido todo a la decostrucción, sin recibir sino agrias palabras a cambio de tan magna generosidad.



[i] The Anxiety of Influence: A Theory of Poetry, New York, Oxford University press, 1973. 

[ii] Blindness and Insight: Essays in the Rethoric of Comtemporary Criticism, New York, Oxford University Press, 1971; Allegories of Reading: Figural Language in Rousseau, Nietzche, Rilke, and Proust, New Haven, Yale University Press, 1979.

[iii] Criticism in the Wilderness: The Study of Literature Today, New Haven, Yale University Press, 1980.

[iv] Fiction and Repetition: Seven English Novels, Cambridge, Harvard University Press, 1982.

[v] H. Bloom ed. New York, Seabury, 1979.

[vi] "Estudio introductorio: crítica límite/el límite de la crítica," Teoría literaria y deconstrucción, Madrid, Arco libros, 1990, pág. 11.

[vii] Ob. cit., pág. 16.

[viii] Jacques Derrida. Texto y deconstrucción. Prólogo de Jacques Derrida, Madrid, Anthropos, 1989, pág. 17.

[ix] Ob. cit., pág. 18.

[x] Ob. cit., pág. 12-13.

[xi] Ob. cit., pág 21.

[xii] Ob. cit., pág. 20.

[xiii] Protágoras y Gorgias. Fragmentos y testimonios. Barcelona, Orbis, 1980, pág. 62.

[xiv] Fragmentos, ob. cit, pág. 62.

[xv] Ob. cit., pág. 12.

[xvi] De Peretti, pág. 75.

[xvii] De Peretti, pág. 76.

[xviii] Ob. cit., pág. 11.

[xix] Protágoras y Gorgías, ob. cit., pág. 65.

[xx] De Peretti, pág. 20

[xxi] Ob. cit., pág. 21.

[xxii] Deconstruccion. Theory and Practice. London and New York, Methuen, 1982, pág. 1-2.

[xxiii] J. Hills Miller, "Deconstructing the Deconstructors," Diacritics, 5 (1975), pág. 30.

[xxiv] Ch. Norris, Deconstruction: Theory and Practice, ob. cit., pág. 68.

[xxv] Ob. cit., 9.

[xxvi] A. García Berrio. Teoría de la literatura., pág. 13.

[xxvii] J. Derrida, "La estructura, el signo y el juego en el discurso de las ciencias humanas," La escritura y la diferencia, Madrid, Anthopos, 1989, págs. 400-401.

[xxviii] Ob. cit., 120.

[xxix] "El crítico como anfitrión," Teoría literaria y deconstrucción, ob. cit., pág. 165.

[xxx] De Peretti, ob. cit., pág. 113.

[xxxi] De Peretti, ob. cit., pág. 94.

[xxxii] La escritura y la diferencia, Madrid, Anthropos, pág. 401.

[xxxiii] Protágoras y Gorgias, ob. cit., nota 72, pág. 93.

[xxxiv] De Peretti, 108. 

[xxxv] De Peretti, pág. 129.  

[xxxvi] De Peretti, 130. 

[xxxvii] Crítica límite/El límite de la crítica, Teoría literaria y deconstrucción. Madrid, Arco, 1990, ,pág. 65.

[xxxviii] Against Deconstuction, Princeton, Princeton University Press, 1989, pág. 19.

[xxxix] Teoría de la literaturra, pág. 257.

[xl] Cristina de Peretti, Jacques Derrida. Testo y deconstrucción, estudia en la obra de dichos autores el conceppto  différance, págs. 90-112

[xli] Paris: P.U.F., 1962.

[xlii] De Peretti, ob. cit., pág. 98.

[xliii] De Peretti, ob. cit., pág. 21.

[xliv] Ob. cit, pág. 93.