2 El corpus literario

Una teoría es la unificación de hechos, hipótesis y leyes sobre un determinado ámbito de la realidad. Aquí se intenta anexar los hechos literarios tomando como campo observacional el corpus literario; esto es, las obras literarias.

Son varios los investigadores que han propuesto que el corpus literario es poseedor de la especificidad literaria. Para Víctor Aguiar e Silva: De "los muchos sentidos de literatura sólo nos interesa el de literatura como actividad estética y, en consecuencia, sus productos, sus obras;"[1] A. Fowler se refiere al corpus literario universal con el término canon literario, que en su más amplio sentido comprende la totalidad de las obras escritas, y canon potencial o hipotético, que abarcaría las obras recién publicadas y las que se escribirán en el futuro.[2] También para J.M. Ellis el corpus literario ha de ser el objeto sobre el que se realicen las pesquisas que conduzcan a la teorización literaria; por lo que propone que antes de afrontar la pregunta: ¿qué es la literatura?, se dilucide ¿qué es el corpus literario?: "La pregunta ¿qué es literatura? no se preocupa, pues -como la trata Sartre-, de por qué escriben los escritores y de lo que pretenden; se ocupa de la aceptación por la comunidad de los textos como literatura."[3]

            Afirmar que la Teoría de la Literatura debe edificarse sobre el corpus literario no implica que, como sostiene J.M. Ellis: "La categoría de los textos literarios no se distingue por rasgos definitorios, sino por el uso característico que la comunidad les otorga."[4] La comunidad, una abstracción, difícilmente podrá proponer una aproximación a lo literario que permita responder a las preguntas planteadas, por ejemplo, por F. Martínez Bonati: "La pregunta "¿Qué es la literatura?" puede ser intentada en varios sentidos, y, de ellos, tres dirigen, en proporción diversa, nuestra indagación: (1) ¿Qué clase de objeto es la literatura? ¿Cuál es, considerado ontológicamente, el género próximo? (2) ¿Cul es la materia o substancia de que se compone o constituye este objeto? (3) ¿Cómo es este objeto?, en el sentido de ¿qué forma (estructura) tiene?."[5] No es la comunidad, sino la Teoría de la Literatura quien estudia y explica los espacios sobre los que se expande la especificidad de lo literario. Por eso, una Teoría de la Literatura que bucee por la subyacencia del corpus literario, que anhele definir los constituyentes mínimos, los universales literarios, no admitirá la inexistencia de rasgos definitorios y específicos en el corpus literario, rasgos que en definitiva son los que permiten establecer disyunciones y relaciones entre el sistema literario y los sistemas comunicativos sin propósitos estéticos.

Ahora bien, toda área de conocimiento ha de poseer un campo de observación específico y perfectamente delimitado. Se parte en este estudio de la premisa de que el corpus literario proporciona a la Teoría de la Literatura un idóneo campo de observación, campo difícilmente enmarcable por medio del lexema literatura, dado que, como se ha expuesto, sus dispares referencialidades imposibilitan fijar con precisión el objeto de estudio de la Teoría de la Literatura.

El corpus literario está formado por “cosas”. Sostiene Heidegger que “la verdad es adecuación a las cosas, coincidencia con las cosas”. Una de las propuestas con la que se explica la verdad de las cosas es el concepto platónico de idea. Según Julián Marías idea “es la visión de las cosas como tales”.[6] A la interiorización de las cosas las denomina Peirce signo-mental, thought-sing. Ahora bien, una cosa posee una forma material, unas cualidades y está anclada en una cronoespacialidad y, además, tiene nombre. En consecuencia, el poso de la cosa física a su representación mental, a su esquema sígnico, es un proceso eminentemente personal, dado que nadie puede percibir por otro. En dicho proceso son perceptibles tres momentos: la creación del esquema sígnico, la capacidad de reconocer a un objeto como signo, esto es, aceptar que una cosa suple a otra, y el uso comunicativo del signo.

La aprehensión sígnica es existencial; para que se produzca tiene que estar presente la cosa y la persona que la percibe, y para que esto se produzca tiene que darse una simultaneidad cronoespacial.

Una cosa posee unas cualidades innatas, que son la materia de que está hecha  y la anatomía de dichas materia. Una cosa también posee una cualidades circunstanciales, que se obtienen se su situación en el espacio y en el tiempo. Por último, una cosa, como las personas, también tiene nombre.

Las cualidades innatas pueden separarse en dos entidades: la forma y las cualidades. A su vez, las cualidades pueden ser: cromáticas, olfativas, sonoras, gustativas y tactiles. A estas cualidades es preciso añadír: el peso, el tamaño, la longitud, la dureza, la flexivilidad. Además, la cosa puede ser sólida, líquida (agua salada, dulce, potable, viscosa)  o gaseosa; y pertenecer al reino animal, vegetal o mineral.

Las cualidades espaciales más significativas son: a) la posición de la cosa con respecto a las demás cosas, que describe las orientaciones antropológicas de la verticalidad, la horizontalidad, las posiciones de arriba, abajo, a la derecha, a la izquirda;  b) las distancias entre las cosas; y c) el movimiento: giro, traslación y las direcciones antropológicas antes enumeradas.

Por último, la percepción de una cosa se realiza en un marco compositivo y en el interior de una estructura.

Al menos en teoría, la construcción mental del esquema sígnico incluye los rasgos distintivos de la cosa,  arriba anotadas. Una prueba que lo evidencia es que una o varias cualidades actúan como signos metonímico y nos permiten reconocer el objeto del que forma parte; el olor a callos: los callos, para que sean callos, no pueden oler a sardinas asadas.

De hecho, intervienen en el reconocimiento de un objeto como signo. Ahora bien, los únicos signos que tienen nombre son los relacionados con los sentidos de la vista y del oído. Los olores comprenden un mundo sígnico sin nombre. Los signos referentes al sentido del tacto poseen un léxico muy reducido.

El hecho de que se tome como objeto de la teorización literaria el corpus literario, un inabarcable, no implica que e1 modelo que aquí se recrea y defiende no tenga una realidad conceptual específica, pues, toda teoría tiene por meta última la creación de una estructura especulativa dentro de la cual se haga inteligible lo que aisladamente no 1o es. El corpus literario es un conjunto cuantitativamente inconmensurable, dado que hipotéticamente es poseedor de todas las obras literarias ya escritas, en proceso de escritura y que se escribirán en el futuro. Ahora bien, su inabarcabilidad cuantitativa puede restringirse si su estudio se emprende atendiendo a su comprensión; esto es, cuando sus elementos se ordenan con respecto a sus propiedades caracterizadoras; como sostiene R. Jakobson: "La base de la tipología no es el inventario, sino el sistema ... de las leyes de su estructura, de la interdependencia de sus partes, y de las partes y el todo... Para comprender este sistema es insuficiente un mero inventario de sus componentes."[7] Dado que las propiedades que caracterizan a los elementos del corpus literario son de orden pragmático, narrativo y léxico, se propone la existencia conceptual de un modelo textual que es el resultado de la absorción y concretización de todas las posibilidades que ofrecen: a) sus formas pragmáticas; b) su longitud narrativa; y c) su expresividad literaria.



[1]Teoría de la Literatura. Madrid: Gredos, 1984, pg. 14.

[2] "Género y canon literario." M.A. Garrido Gallardo, ed., 1988. Teora de los gneros literarios. Madrid: Arco, 1988.

[3]Teoría de la crítica literaria (Análisis lógico). Madrid: Taurus, 1987, págs. 54-5.

[4]Teoría de la crítica literaria (Análisis lógico), ob. cit., pg. 63.

[5]  La estructura de la obra literaria. Barcelona: Seix Barral, 1972, pg. 3.

[6] Historia de la Filosofía. Madrid: Revista de Occidente, 1975, pág. 45.

[7] Los estudios tipológicos y su contribución a la lingüística histórica comparada”. Ensayos de lingüística general. Barcelona: Seix Barral, 1975, pág.3.